Ir al contenido
Inicio Artículos Trabajo Catálogo Contacto Área de cliente

Empujar hasta que valgas (II): del geofencing al peaje invisible

Empujar hasta que valgas (II): del geofencing al peaje invisible La segunda valla: de no poder aparcar a pagar por existir fuera de patrón. Vuelvo a la misma escena. Una moto eléctrica inmóvil en …
23 de junio de 2026 por
Tags: Experiencias

Vuelvo a la misma escena. Una moto eléctrica inmóvil en una cuesta del Cerro del Águila, el calor levantando ondas en el asfalto, la aplicación del móvil diciendo que no, que aquí no, que más allá. Aquel día entendí que el límite no era técnico: era diseño. No me estaba equivocando de calle; estaba fuera de modelo. La moto se paró. El algoritmo no. Empujé durante metros y metros hasta alcanzar ese corredor estrecho donde la aplicación me concedía existir. No era una avería: era una cartografía. No era un incidente: era una pedagogía.

Pasan unos días y llega un correo de Acciona. “Estrenamos tarificación por zonas”, anuncia el asunto con el entusiasmo de quien regala una función que nadie pidió. Bonificaciones donde “necesitamos movimiento”; suplementos donde “hay concentración”. “Sin sorpresas”, prometen: verás el precio antes de iniciar el viaje. Cierro el correo y me vuelve la cuesta. Vuelve el mapa. Vuelve el sudor. Vuelve la frase que no se me quita de la cabeza: ya no es solo dónde, ahora es cuánto. La primera valla fue el geofencing — aquí no puedes terminar el viaje —; la segunda valla es el peaje — aquí puedes, pero te costará más —. El sistema aprende a dirigirnos con premios y castigos. El mapa ya no bloquea: condiciona. El algoritmo deja de ser un guardián y se convierte en un regulador económico del espacio común.

la ciudad deja de ser una infraestructura política para convertirse en un tablero de incentivos.

En El error no es un fallo: es el diseño intenté nombrar esta sensación. Lo que inquieta no es el desacierto puntual, sino su forma de persistir. El sistema no corrige: afina. No reconoce la excepción: la integra como coste. No abre un espacio para discutir el caso raro: lo traduce a recargo. Y así, sin ruido, lo que fue exclusión se vuelve monetización. Lo que fue una valla digital hoy se presenta como una mejora de experiencia. El lenguaje acompaña: “movilidad más inteligente”, “optimización”, “sostenibilidad”, “descuentos para ti”. Y en ese gesto retórico, la ciudad deja de ser una infraestructura política para convertirse en un tablero de incentivos.

Pasillo premium: solo se permite atravesar, no detenerse. Tarifa según obediencia.

Me repito que la forma de contarlo importa menos que la vida que atraviesa ese tablero. Pienso en quienes no pueden elegir trayecto, ni horario, ni margen de error. La auxiliar que encadena domicilios en barrios que la aplicación considera malas zonas. El repartidor que hace números y rechaza dos pedidos porque el suplemento le revienta el margen; al tercero acepta y la ruta lo empuja hacia una calle bonificada que no le conviene a él, pero sí al mapa. El chaval que decide parar antes para no pagar el recargo y camina lo que falta. La abuela que espera al otro lado de esa línea, sin saber que su cuidado también paga peaje. Son decisiones pequeñas que, sumadas, vuelven grande la desigualdad. La tecnología funciona, sí. Funciona disciplinando. Y lo hace recargando sobre el usuario el coste de una redistribución que, si se tratara como servicio urbano, debería asumir la propia plataforma o discutirse en un contrato público.

Aquí aparece lo que llamé autoridad automática. No es un decreto, no es un agente municipal, no es una norma que podamos recurrir. Es un conjunto de reglas que se actualizan sin deliberación y que se hacen cumplir por precio. Sabes cuánto pagarás antes de empezar; no sabes por qué esa zona está bonificada o penalizada, ni qué datos pesan más, ni con qué frecuencia cambian los criterios, ni quién responde si la lógica perpetúa la desigualdad de siempre con una capa de barniz verde. La transparencia, cuando llega, es la del ticket: cifra final, gracias por su viaje. La trazabilidad de la decisión queda en la caja negra. Es una forma de gobernanza sin acto, y por eso es tan eficaz: nadie firma nada, nadie ordena nada, nadie rinde cuentas por la política que hay dentro de la interfaz.

“Eficiencia”, me dirán. “Reducción de emisiones”. “Equilibrio de flota”. Palabras razonables que comparto en abstracto. Pero la ciudad no se gobierna en abstracto. La pregunta es para quién se optimiza, quién se beneficia de las bonificaciones y quién soporta los suplementos, quién puede adaptar su vida a la ruta plausible y quién debe pagar la fricción cotidiana de vivir fuera de patrón. En Pensar fuera del modelo propuse esa figura que no exige, que no aparece, que se adapta para no molestar al sistema. Aquí esa figura deja de ser metáfora para convertirse en tarifa. Quien mejor encaja paga menos. Quien desentona, peaje. Y esa es la pedagogía más profunda de esta micromovilidad: enseñarnos a no insistir, a no llegar del todo, a bordear nuestro propio barrio para que el precio no nos recuerde que estamos fuera de modelo.

Si una avenida donde hay trabajo precario, cuidados invisibles y turnos quebrados cuesta más, eso es política de clase aplicada por una interfaz.

Podríamos discutirlo como si fuera un asunto técnico. Podríamos perdernos en la terminología de la tarificación dinámica, la predicción de demanda, la optimización de rutas, el balance de flota, los algoritmos de asignación. Pero nos haríamos trampa si olvidamos lo obvio: cuando una empresa privada fija límites y precios que alteran la manera en que miles de personas usan el espacio común, lo que está en juego es poder público. Delegado, externalizado, empaquetado como “mejora de experiencia”, pero poder. Y un poder opaco. Si un barrio queda penalizado y otro bonificado, eso es política urbana. Si una avenida donde hay trabajo precario, cuidados invisibles y turnos quebrados cuesta más, eso es política de clase aplicada por una interfaz. Si una zona periférica permanece como corredor de paso donde puedes atravesar pero no terminar, eso es una decisión que afecta al derecho a moverse y, por tanto, al resto de derechos que dependen de moverse.

la eficiencia sin contestación no es un valor público: es una forma delicada de despolitización.

En Cuando una IA te dice que no estuviste donde estuviste contaba el absurdo de discutir con un sistema que prefería inventar coherencia antes que reconocer una fisura. Allí era una imagen y un lugar. Ahora es un precio y un mapa. En ambos casos, la misma imposibilidad: no hay una puerta a la disputa. Puedes apelar a un operador que no existe o a un formulario que no mira; puedes escribir a una dirección que te devuelve un texto estándar con la tranquilidad sintáctica de la no-respuesta. La autoridad automática necesita esa impermeabilidad para ser eficiente: si la ciudad pudiera discutirla, perdería su ventaja comparativa. Pero la eficiencia sin contestación no es un valor público: es una forma delicada de despolitización.

La ciudad plausible: el algoritmo ya pintó las rayas, tú solo empuja.

Hay quien dirá que exagero, que esto no deja de ser una moto y un correo, que Sevilla tiene problemas más serios. Los tiene, y acaso por eso este me preocupa: porque naturaliza una gramática. Si aceptamos aquí que el algoritmo decida límites y peajes sin explicarse, mañana veremos razonable que otros servicios — reparto, turnos, ayudas, acceso a equipamientos — se organicen con la misma lógica. Cuando el precio sustituye a la política, la desigualdad se hace administrable. Y una desigualdad administrable no escandaliza; se gestiona. Aprendemos a vivir en ella como quien aprende a vivir con una humedad en la pared: primero molesta, luego acostumbra, al final decora.

No quiero una ciudad que me bonifique por obedecer ni que me penalice por vivir donde vivo. No pido épica ni milagros. Pido política. Pido que la micromovilidad — que puede ser valiosa, que puede aliviar, que puede descarbonizar — no se convierta en el laboratorio de la obediencia tarifada. Pido que lo técnico vuelva a su sitio y que la discusión sobre para quién optimizamos se haga pública, con nombres, con datos, con contradicciones, con dudas, con el tiempo que llevan las decisiones que afectan a todos. Pido que un mapa operativo no pueda ser un mapa de exclusión con sello de innovación. Pido que una avería no se traduzca en sanción y que un barrio no se traduzca en suplemento. Pido que el Ayuntamiento — cualquiera que sea su color — no delegue en una app la equidad territorial. Pido, en definitiva, que la interfaz no sustituya a la deliberación.

que el coste de mover flota lo asumiera quien explota el servicio, no quien vive al otro lado de la línea.

No voy a esconder mis preferencias: me gustaría ver mapas actuales e históricos de bonificaciones y recargos, explicaciones legibles de los criterios que deciden una cosa u otra, historias públicas de cómo cambian esos criterios, espacios reales — no decorativos — donde barrios, sindicatos, personas con movilidad reducida, universidad y operadores públicos puedan detener, corregir o vetar cambios que dañan a los de siempre. Me gustaría que el coste de mover flota lo asumiera quien explota el servicio, no quien vive al otro lado de la línea. Me gustaría que ninguna zona de la ciudad quedara convertida en pasillo donde solo puedes pasar. Me gustaría que la innovación que celebramos fuera la que abre sistemas a la impugnación, no la que los perfecciona para que nadie pueda tocarlos. No son deseos radicales. Son mínimos de decencia para un servicio que opera sobre lo común.

Alguien podría objetar que todo esto es pedir peras al olmo, que las plataformas privadas tienen lógica privada y que el mercado no está para hacerse cargo de lo público. Precisamente por eso existe lo público. Precisamente por eso existen licencias, concesiones, contratos, supervisión, sanciones, reversibilidad. Precisamente por eso la ciudad no puede dimitir de su función más básica: garantizar derechos, incluso — o sobre todo — cuando la tecnología hace las cosas más rápidas, más suaves, más medibles. En Pensar fuera del modelo escribía que una parte del trabajo político de nuestra época consiste en volver impugnables las infraestructuras técnicas. Sacarlas del aura de inevitabilidad, devolverles su condición de opción y recordar que toda opción excluye a alguien si no se mira con cuidado. Este es un buen lugar para practicarlo.

Vuelvo a la cuesta del Cerro. Aquel día la moto pesaba, sí, pero pesaba más el mapa. Hoy pesa un poco más, porque ahora también se cobra. Y ese cobro no es solo monetario: es simbólico. Nos enseñan a corregir nuestra vida para encajar en el patrón. A aceptar que hay barrios donde conviene no terminar, empleos que conviene no aceptar, trayectos que conviene modificar, horarios que conviene doblar, esperas que conviene alargar, todo en nombre de una eficiencia que no nos pertenece. A fuerza de aprender esa lección, uno empieza a moverse como si pidiera perdón por existir. La ciudad plausible se hace cómoda para la interfaz y cruel para la gente.

He contado esta historia para que no se nos olvide la parte sencilla: la moto se paró y el algoritmo no. Entre ese hecho y el correo de “tarificación por zonas” hay un continuo. No se trata de inventar un enemigo ni de romantizar un problema: se trata de no perder el hilo. Si normalizamos el peaje invisible aquí, normalizaremos peajes invisibles en otros lugares donde ya no habrá foto ni cuesta que nos devuelva la realidad. El primer precio será la movilidad; el segundo, el tiempo; el tercero, la voz. Y cuando queramos discutir, alguien nos dirá, amablemente, que antes de hablar debemos aceptar los términos y condiciones. Que ya los aceptamos al abrir la app. Que, si no, siempre podemos empujar.

Impulso proyectos que cruzan plataformas digitales, redes de economía solidaria y estrategias de transición justa. No creo en soluciones neutrales.

More from Jose M. Ruiberriz

Recommended from Medium

[

See more recommendations

](https://medium.com/?source=post_page---read_next_recirc--bf6995f07d69---------------------------------------)

Empujar hasta que valgas
No soy urbanista. Tampoco experto en movilidad sostenible. No escribo esto desde la autoridad técnica, sino desde la vivencia de una situación concreta, banal en apariencia, pero reveladora en sus…