El 26 de julio de 2025, apenas tres días después de que Estados Unidos lanzara su AI Action Plan, que analicé en mi artículo anterior, China presentó en Shanghái el Action Plan on Global Governance of AI. Las coincidencias no fueron azarosas. La elección del momento, la composición retórica y la puesta en escena mostraron con claridad la existencia de una coreografía estratégica diseñada para disputar algo más profundo que el mercado o la infraestructura: el control del relato global sobre la inteligencia artificial y, con ello, sobre el sentido mismo del futuro.
el plan chino habla en términos de cooperación multilateral, justicia global, equidad tecnológica y solidaridad internacional, inscribiendo su propuesta dentro de marcos ampliamente consensuados
La narrativa de China contrasta significativamente con la norteamericana. Frente al lema estadounidense “América empezó la carrera y América la ganará”, el plan chino habla en términos de cooperación multilateral, justicia global, equidad tecnológica y solidaridad internacional, inscribiendo su propuesta dentro de marcos ampliamente consensuados como la Agenda 2030 y el Global Digital Compact de la ONU. Se presenta a sí mismo no como proyecto nacionalista sino como generador de bienes públicos globales, donde la inteligencia artificial es entendida como herramienta para reducir la desigualdad, combatir el cambio climático y promover un desarrollo humano sostenible.

Cuando todo parece controlado, aparece un cuadrado rojo y te recuerda que el diseño también puede ser amenaza.
Este discurso inclusivo, que podría verse en principio como alternativa legítima a la narrativa norteamericana, suscita preguntas urgentes: ¿Hasta qué punto la retórica de cooperación multilateral y el lenguaje de “bien público global ” operan como herramientas de legitimación política frente a la crítica internacional sobre la vigilancia tecnológica, la censura digital y el control estatal? ¿Es esta una verdadera alternativa al modelo estadounidense basado en la supremacía tecnológica, la competencia y la exportación ideológica implícita de valores de mercado, o simplemente la otra cara de una moneda donde la disputa real no es entre cooperación y competencia, sino entre dos formas de concentración del poder digital?
Para abordar estas cuestiones es esencial una mirada humilde, consciente de sus límites. Debemos reconocer que nuestros juicios están mediados por posiciones históricas, culturales y políticas. La certeza no tiene cabida en un terreno tan incierto como el de la gobernanza global de la IA, donde las palabras “democracia”, “cooperación” y “seguridad” pueden adquirir sentidos completamente distintos dependiendo de quién las pronuncie y desde dónde las escuchemos.
Desde sectores progresistas y voces críticas del Sur global, se plantea una advertencia clave: la cooperación tecnológica global no puede reducirse a la provisión de infraestructura o transferencia tecnológica vertical sin verdadera participación ciudadana. La narrativa china invoca una cooperación sin fricciones, una cooperación limpia de conflictos, donde la estabilidad se convierte en virtud suprema. Pero en esa estabilidad se corre el riesgo de silenciar las tensiones que son necesarias para que cualquier proceso de cooperación sea verdaderamente democrático.
Feministas digitales del Sur global, movimientos laborales, grupos decoloniales y activistas por los derechos digitales plantean que lo que falta en ambas propuestas — la estadounidense y la china — es precisamente una gobernanza que integre a actores verdaderamente autónomos y críticos. No basta con declarar la inclusión si la inclusión se limita a consultas formales, rituales diplomáticos o mesas de expertos previamente seleccionados. Una gobernanza auténtica implica reconocer a la sociedad civil, a las comunidades locales, a los colectivos feministas y a los movimientos sindicales como actores legítimos y decisivos en la construcción de reglas y mecanismos que rijan el despliegue global de estas tecnologías.
En ambos casos, lo que está en juego es el desplazamiento del juicio colectivo hacia formas automatizadas de gobernanza: la máquina decide, el modelo prescribe, el algoritmo determina.
El problema es que tanto Washington como Pekín parecen compartir una visión instrumental y reducida del rol de la sociedad civil. En ambos casos, lo que está en juego es el desplazamiento del juicio colectivo hacia formas automatizadas de gobernanza: la máquina decide, el modelo prescribe, el algoritmo determina. Y cuando el juicio se automatiza, la capacidad de disputar el sentido queda gravemente dañada. Esto no es menor, porque disputar el sentido implica poder disputar también los objetivos mismos del desarrollo tecnológico. Si esta posibilidad desaparece, lo que queda es una sociedad global que acepta la automatización del juicio y, con ella, la pérdida irreversible de su autonomía cognitiva y política.

Negro sobre blanco. Todo parece ordenado hasta que alguien pregunta por qué no hay nadie detrás del muro.
Ambos modelos, con toda su diferencia aparente, comparten una misma lógica subyacente: la eliminación del conflicto y la supresión del disenso como motores legítimos del debate público global.
Es precisamente aquí donde ambas potencias convergen. Estados Unidos construye un modelo que bajo la bandera de la neutralidad y la eficiencia rechaza la reflexión crítica sobre la justicia racial, la equidad de género o la memoria histórica colonial. China, en cambio, propone una ética y una cooperación centradas en el desarrollo económico y la seguridad social, pero bajo un estricto control estatal sobre lo que puede y no puede ser dicho. Ambos modelos, con toda su diferencia aparente, comparten una misma lógica subyacente: la eliminación del conflicto y la supresión del disenso como motores legítimos del debate público global.
La disputa real, entonces, no está entre dos relatos geopolíticos enfrentados, sino entre dos formas de hegemonía algorítmica que amenazan con reducir la realidad a lo que es codificable, predecible y controlable desde arriba. Esta amenaza no es abstracta: significa la desaparición de lenguas, la uniformización de relatos, la invisibilización de formas de vida, y el silenciamiento de las voces disidentes, todas ellas consideradas incómodas o irrelevantes por las lógicas dominantes.
Pero frente a esta dualidad que se nos presenta como única opción, debemos recordar que existen otras vías. Desde hace tiempo, movimientos sociales, organizaciones feministas, colectivos decoloniales y grupos de activistas digitales proponen caminos distintos: infraestructuras cooperativas de datos, mecanismos reales de participación ciudadana en la gobernanza tecnológica, auditorías independientes que cuestionen el propio diseño de las tecnologías desde perspectivas situadas. Estas iniciativas no solo son posibles, sino que ya están emergiendo en lugares concretos del mundo.

¿El fin del mundo o el principio de otra cosa? A veces el agujero no está en el sistema, sino en la forma de mirar.
Por ejemplo, colectivos en Brasil, India o Sudáfrica proponen plataformas comunitarias de gestión de datos donde las comunidades son dueñas reales de sus procesos tecnológicos. En Europa, organizaciones sindicales están comenzando a demandar el derecho a decidir sobre los algoritmos que gobiernan los espacios laborales. Feministas digitales en África exigen que la infraestructura tecnológica no reemplace la lucha por los derechos humanos digitales. Son voces que resisten tanto al modelo estadounidense como al modelo chino, y que reclaman un espacio autónomo de disputa política y tecnológica.
Este texto, por tanto, no ofrece conclusiones cerradas, sino preguntas abiertas. ¿Puede el modelo chino evolucionar hacia una cooperación real, capaz de incluir voces autónomas y críticas sin instrumentalizarlas? ¿Puede la sociedad civil global encontrar formas de presión efectiva para evitar que la cooperación tecnológica se convierta en otra forma de dominación disfrazada de solidaridad internacional? ¿Podemos construir modelos algorítmicos que acepten y potencien la incertidumbre, el conflicto y la diversidad de saberes como elementos esenciales de cualquier democracia digital futura?
La verdadera cuestión es cómo preservar la posibilidad de seguir disputando el sentido, el conocimiento y la autonomía política frente a estas estructuras globales que amenazan con cerrar el debate y automatizar el juicio. La disputa sigue abierta, y ninguna de las dos potencias ofrece una respuesta plenamente satisfactoria. El desafío, ahora más urgente que nunca, está en reivindicar una gobernanza tecnológica capaz de escuchar, no solo imponer; de preguntar, no solo responder; y de abrir espacios de incertidumbre y duda, en lugar de cerrarlos.
Lo que está en juego, en definitiva, no es solo el futuro de la inteligencia artificial. Es el futuro de la democracia, de la justicia global y, sobre todo, el derecho fundamental de cada sociedad y cada pueblo a decidir, en última instancia, qué mundo quieren construir juntos.
Impulso proyectos que cruzan plataformas digitales, redes de economía solidaria y estrategias de transición justa. No creo en soluciones neutrales.
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