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Me descubrí estando de acuerdo con Palantir

Sobre la soberanía de los datos, la capa que decide y el punto que no quieren que discutas.
4 de julio de 2026 por

La mañana

Esta mañana de viernes terminé de construir un buscador sobre mi archivo de notas. Siete mil apuntes acumulados en años, todos en una máquina que controlo, en una base de datos que no comparte nada con nadie, sin que los datos salgan a ningún sitio. Le pedí que buscara "Palantir" y devolvió quince notas donde llevo meses escribiendo contra Palantir.

Un rato después leí el manifiesto de Alex Karp sobre la soberanía en inteligencia artificial. Y me descubrí asintiendo.

Karp no es un tecnólogo cualquiera. Cofundó Palantir con Peter Thiel en 2003 y la dirige desde entonces; se doctoró en teoría social en Fráncfort, estudió con Jürgen Habermas y durante años se reivindicó socialista. Palantir es la empresa que en esas mismas notas aparece como la cara más nítida del poder tecnológico autoritario, la que arma la vigilancia, la que alimenta deportaciones, la que vende software a ejércitos. Y ese filósofo que se decía de izquierdas publica ahora nueve tesis sobre por qué una institución debe conservar el control de sus datos, de sus modelos, de su conocimiento. Y yo, que había pasado la mañana haciendo justo eso, concuerdo con las cinco primeras.

Conviene quedarse en esa incomodidad antes de resolverla. La reacción cómoda sería descartar el texto por quién lo firma, y la reacción cómoda es casi siempre la que deja el problema intacto.

Así que hice lo contrario. Dejé el texto al lado de la terminal donde acababa de correr el buscador, y lo leí como si lo firmara alguien de los míos. El ejercicio incomoda: cuando quitas la firma, buena parte del texto suena a manifiesto de la soberanía tecnológica de izquierdas. Y lo que suena igual, dicho desde posiciones opuestas, obliga a preguntarse qué es lo que en realidad las separa. Si comparten hasta el vocabulario, la diferencia no puede estar en el vocabulario.

Los cinco puntos con los que concuerdo

Los cinco primeros mandamientos del manifiesto son, casi palabra por palabra, lo que la crítica tecnopolítica lleva años diciendo desde la izquierda.

El primero dice que la soberanía es la condición para poder elegir, que renunciar a ella es ceder las decisiones futuras a otros que las aprovecharán en su beneficio y en tu perjuicio. Es la soberanía cognitiva de siempre: decidir con cabeza propia, sin que otro piense por ti.

El segundo dice que tus datos son tu tesoro, que transferirlos equivale a entregar el acceso a tus estrategias actuales y los medios de producción de las futuras. Es la misma frase que se repite en las cooperativas para explicar por qué no se regalan los datos de la organización a las plataformas que dicen custodiarlos gratis.

El tercero se mete con el tokenmaxxing, la carrera por hacerte consumir el máximo de tokens, las piezas de texto en que la IA descompone lo que lee y escribe, y la unidad con la que facturan los proveedores. Karp lo dijo sin rodeos hace unos días, contra OpenAI y contra Anthropic: quienes venden tokens se niegan a cobrar por valor. Y añadía que el consumo alto de tokens premia los programas de usar y tirar frente a los robustos, con la sensación adictiva de un progreso falso. Es la crítica al rentismo extractivo, dicha por el rentista rival.

El cuarto dice que controlar tus pesos es controlar tu destino. Los pesos son los miles de millones de parámetros que constituyen el modelo, el resultado material de su entrenamiento. Tener los pesos es tener el modelo, poder alojarlo y modificarlo sin depender de nadie. Es la vieja consigna de apropiarnos de la IA: el software libre, los modelos que corren en servidores propios.

El quinto cierra el bloque: no hay contradicción entre la soberanía y el alfa, y la arquitectura que mejor la preserva es la que deja a cada institución hacer fructificar su conocimiento interno, su tribal knowledge, ese saber informal que llevan dentro las personas con años de oficio y que no está escrito en ningún sitio. Es el activo más valioso de una organización y el más invisible: vive en la cabeza de quien lleva veinte años resolviendo el caso que no encaja en la norma, y se va con quien se jubila. Karp tiene razón en que ahí está el valor. Él lo llama alfa, ventaja sobre un rival; en una cooperativa se llama memoria de un oficio, algo que se cuida porque sostiene a las personas, no porque derrote a nadie.

Y por debajo de los cinco hay una tesis. Si los modelos se generalizan, si se reducen a piezas intercambiables, la ventaja duradera se desplaza hacia la capa de las aplicaciones, la que hace que un modelo sea seguro y preciso para una tarea, y la que decide, en el fondo, quién manda. Karp lo formuló con tres capas: el cómputo (los chips y centros de datos donde se calcula), el modelo (el motor genérico) y la aplicación (lo que convierte ese motor en herramienta para un trabajo concreto); y anunció el vaciamiento de la del medio. No es una idea suya. La tesis de fondo la recoge el economista político Nick Srnicek de Jeffrey Ding, que estudia cómo se difunden las tecnologías: cuando una tecnología de propósito general ha cambiado el equilibrio de poder, lo han cambiado los que la difunden, no los que la inventan. La electricidad la ganó quien la metió en cada fábrica, no quien la descubrió. La capa de aplicaciones es el terreno donde se juega el trabajo con cooperativas y organizaciones sociales. Y donde vivía el buscador de esta mañana.

Karp tiene razón en la técnica. El desacuerdo tiene que estar, entonces, en otra parte.

El punto seis

El abismo se abre en el punto seis.

Ahí Karp declara enemigo cualquier debate político sobre la técnica. Lo llama tecnopolitización, y dice que es la fuente de la falsa soberanía: conduce, escribe, a decisiones que parecen reducir la dependencia pero que acaban limitando la capacidad de actuar, sobre todo en el campo de batalla, en Occidente. Detrás de esa frase educada hay nombres concretos. Francia, que este año deja Palantir por la francesa ChapsVision porque, dice su primer ministro, no puede depender de herramientas desarrolladas por potencias extranjeras. Alemania, cuyo servicio de inteligencia interior elige el mismo camino. El Reino Unido, donde los diputados advierten sobre el contrato de Palantir con la sanidad pública después de saberse que personal externo tuvo acceso a datos identificables de pacientes, y donde el alcalde de Londres frenó otro con la policía metropolitana. Toda decisión soberana que no consista en elegir a Palantir queda reclasificada, de un plumazo, como soberanía falsa.

Y hay un nombre más, el que delata la jugada. En mayo, León XIV firmó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana. La firmó en el aniversario ciento treinta y cinco de la Rerum Novarum, el texto con que la Iglesia leyó el capitalismo industrial en 1891. El Papa escribe que la IA no puede considerarse moralmente neutra, que la riqueza se concentra cada vez en menos manos, que ya no basta con confiar en la mano invisible del mercado, y pide que la inteligencia artificial sea desarmada, liberada de la lógica que la convierte en instrumento de dominación, exclusión y muerte. Pide, en el fondo, sacar el debate del terreno puramente técnico: exactamente lo que el punto seis prohíbe.

No hace falta ser creyente, y no lo soy, para ver el filo. Cuando el consejero delegado de la vigilancia militar te explica que la moral y la política son terreno del adversario, ya te ha dicho de qué lado está. El truco consiste en que todos, incluidos los que se creen soberanos, adopten un marco en el que Palantir, por su naturaleza, ocupa la casilla ganadora. Que no la discutas es la condición para que sea suya.

Escribo desde España, que estos mismos días ha pedido a sus empresas públicas que dejen de contratar con Palantir, por soberanía tecnológica y por control de los datos más sensibles. Mientras Madrid cierra la puerta en casa, la OTAN, de la que España es socia, acaba de poner el sistema de Palantir al mando de sus datos militares. Según la lógica del punto seis, España sería un caso de manual de soberanía falsa: alguien que, por preferencia política, renuncia a la herramienta que le daría ventaja. Preferir no depender de una empresa que borra la frontera entre lo civil y lo militar es una decisión política. Que es justo lo que Karp querría que no fuese.

La misma arquitectura, el para qué contrario

Hay una palabra en el manifiesto que lo ordena todo por dentro: alfa.

Karp la usa en sus dos sentidos a la vez. El financiero, el rendimiento superior al mercado, la ventaja, la receta secreta. Y el de la etología, el macho alfa de la manada, el que domina. El texto entero está escrito en clave bélica: adversarios, victoria, campo de batalla, Occidente. Perder el alfa significa, para Karp, las dos cosas juntas, que te quiten la ventaja y que te destronen. Su soberanía es soberanía para dominar.

Ahí está la fractura. La arquitectura que describe el manifiesto y la que se construye desde la economía social son la misma: datos propios, pesos propios, conocimiento propio, la capa de aplicaciones como terreno decisivo. Lo que cambia es el para qué. La ideología del manifiesto, que Karp desarrolla en su libro The Technological Republic, no se esconde: la política como guerra permanente, heredada de Carl Schmitt, el jurista que sirvió al nazismo, y el estancamiento como decadencia, heredado de Peter Thiel. La entrada en una agencia del Estado con un contrato modesto, y la conversión posterior en algo imposible de arrancar, se cuenta como defensa de la civilización occidental. El manifiesto colapsa lo civil y lo militar en una frase: tu software es el sistema de armas.

La estrategia tiene nombre en la jerga de la empresa: aterrizar y expandir. Entras en una agencia pública con un contrato pequeño, te vuelves imprescindible, y para cuando alguien quiere prescindir de ti ya no puede, porque has sustituido por dentro las funciones que el Estado sabía hacer solo. Es una lógica de conquista. La soberanía, en ese esquema, es la suya sobre el cliente, no la del cliente. Por eso el manifiesto puede hablar de soberanía y de dominación en la misma página sin contradecirse: son la misma cosa vista desde el lado del que gana.

Entonces se entiende el punto seis del todo. La despolitización no es un capricho ideológico: es una necesidad operativa. El parásito necesita que no discutas la dependencia, porque discutirla es el primer paso para salir de ella. Evgeny Morozov, el crítico del solucionismo tecnológico, lo dejó escrito antes de que Palantir escribiera nada: el gran efecto del solucionismo es la despolitización, convertir cuestiones de poder y de conflicto en cuestiones de optimización técnica, y esconder de paso quién gana y quién pierde. El punto seis es eso mismo con la máscara quitada: no es que el conflicto no exista, es que tienes prohibido nombrarlo.

Por qué la coincidencia obliga

Precisamente porque la coincidencia técnica es real, la pregunta política es lo único que decide. Cuando dos proyectos contrarios comparten la misma arquitectura, lo que los separa no está en la capa técnica. Está en el para quién y el para qué. La misma soberanía de datos puede proteger la información de una población vulnerable en un territorio ocupado, o dirigir la máquina que la ocupa. En el trabajo que hacemos con organizaciones que operan en Gaza, la soberanía de los datos es lo que impide que la información de personas bajo bombardeo acabe donde no debe. Al otro lado, la misma palabra la usa quien fabrica los sistemas que vigilan y seleccionan objetivos. La técnica no arbitra entre esos dos usos. El punto seis quiere hacernos creer que sí.

Reconocerse en Karp es un diagnóstico. Que la derecha tecnonacionalista haya articulado mejor que nadie la defensa de la soberanía de datos debería inquietar a una izquierda que lleva años enunciándola y muy poco construyéndola. Srnicek lo dice de una manera que escuece: no existe un consenso de Silicon Valley, hay dos proyectos capitalistas en pugna, y la izquierda no tiene una relación productiva con ninguno de los dos. Nos quedamos con la crítica, que es necesaria, y descuidamos la construcción, que es la que ocupa el terreno. La izquierda tecnológica ha tenido el diagnóstico durante años. Le ha faltado la infraestructura: la nube cooperativa, el modelo público, el corpus común de textos y datos que no hubiera que pedirle prestado a nadie. Se escribieron los manifiestos, pero no se levantaron los servidores.

Hay que decirlo desde dentro, además, porque no tengo las manos limpias. La IA con la que trabajo se apoya todavía en servicios que pago a las mismas empresas que critico. Lo asumimos como un mal pequeño y transitorio, el peaje para construir mientras tanto la alternativa en servidores propios. Varoufakis llama tecnofeudalismo a este arreglo: usas las plataformas como quien cultiva la tierra de un señor, y no hay ayuntamiento al que reclamar cuando el señor cambia las reglas. Reconocer la contradicción no la disuelve. Fingir que no existe sería la comodidad que este texto intenta no permitirse.

Y todavía otra incomodidad, la mayor. Todo lo que llevo citado son hombres. Karp, Thiel, Schmitt, Srnicek, Ding, Morozov, Varoufakis, hasta el Papa. Un debate entre hombres sobre el poder entendido como dominación, ordenado por la imagen del macho alfa de la manada. No es casual. La fantasía de la soberanía como ventaja sobre un rival, como no ser destronado, es vieja y es masculina, y arrastra su manera de mirar. La pregunta por el para qué tiene otra genealogía, y en ella las voces son sobre todo de mujeres. Shoshana Zuboff nombró el capitalismo de vigilancia cuando casi nadie lo veía. Karen Hao cartografió por dentro el imperio de la IA. Y la crítica feminista de la técnica lleva tiempo diciendo lo que aquí hace falta: que una herramienta hecha para dominar reproducirá la dominación la tenga quien la tenga, salvo que se construya desde otra relación. Esa otra relación tiene nombre: el cuidado, la interdependencia, la economía que sostiene lo que el alfa da por descontado. Y aquí es un criterio de diseño: decide quién puede auditar el modelo, quién controla el corpus, qué pasa cuando el sistema se equivoca con una persona concreta. Son preguntas que el alfa no se hace, porque no las necesita para ganar.

Aperturas, no conquista

El buscador de esta mañana dice una cosa modesta: esto también se puede construir desde aquí, con datos propios, con modelos que corren en una máquina que controlo, desde la lógica de una cooperativa y no la de un fondo de defensa. Nada más, y tampoco nada menos.

A esa lógica, en el proyecto en el que trabajamos, le hemos puesto un nombre: Futuh. Es una palabra del árabe andalusí, de la raíz que significa abrir. En plural, futūḥ, nombra las aperturas, las que el conocimiento concede a quien se deja abrir; Ibn Arabi, nacido en Murcia, tituló así su obra mayor. La elegimos a conciencia frente a su hermana fatḥ, que en singular quiere decir la conquista. Palantir aterriza y expande, ocupa, se vuelve imposible de arrancar: conquista. Futuh es lo contrario desde el nombre, una infraestructura de datos e inteligencia que se abre al tercer sector y a la economía social, que federa organizaciones sin que ninguna se trague a ninguna. Hay otra palabra andalusí que lo dice mejor, barzakh, el istmo donde dos orillas se tocan sin disolverse. Esa es la distancia entre las dos soberanías. Una absorbe. La otra deja ser.

Esa deferencia tiene una consecuencia técnica precisa. La plataforma no aplana a la organización que entra: respeta su forma propia de justificar cada gasto, de rendir cuentas a quien la financia. Esa forma propia es el conocimiento de un oficio, el mismo que el punto cinco convertía en ventaja de guerra. Aquí es memoria de trabajo que se cuida como tal.

Construir así es más lento, más pobre en recursos, y no siempre gana. Significa infraestructuras de IA públicas, comunitarias o cooperativas, pensadas desde la protección de lo común y no desde la ventaja de una sobre las demás. Modelos que se puedan auditar, corpus que las comunidades controlen, decisiones sobre qué se construye tomadas por quienes van a vivir con ellas. Es lo único que no reproduce, a otra escala, la manada.

La lectura del manifiesto que hizo la revista europea de geopolítica Le Grand Continent se tituló "la ilusión de la soberanía". Habría que girar el título. La soberanía no es una ilusión; la ilusión es la otra, la soberanía despolitizada que vende Karp, esa que te deja tener tus datos y tus pesos con la única condición de que no preguntes para qué. La pregunta que él quiere prohibir es la que hay que hacer, en voz alta, y hacerla mientras se construye. Porque la crítica sola no ocupa la capa que decide. La ocupa quien la construye. Y ese, de momento, es él.

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