Un mensaje de mi amigo Jorge llegó hace unas semanas en respuesta a un artículo que compartí sobre los agentes orquestadores en la inteligencia artificial. Su respuesta, breve pero cargada de significado, me ha llevado por un recorrido intelectual que quiero compartir aquí.
“De nuevo me parece muy interesante y me da alivio que haya gente como tú dedicada a tratar de plantear resistencia frente al monopolio tecnofeudal”, escribía Jorge. Sus palabras me alegraron: sentí reconocido el esfuerzo por pensar caminos alternativos ante las nuevas formas de poder tecnológico.
Pero inmediatamente añadió algo que me hizo detenerme: “Mi punto de vista, sin embargo, es que no son posibles las alternativas. Traspasados ciertos umbrales tecnológicos no es posible ‘domar’ el instrumento, sino que la infraestructura (física y mental) se ve modificada tan profundamente que no se puede controlar democráticamente”.
Me recomendaba entonces la lectura de Ivan Illich y su concepto de convivencialidad, sugiriendo que necesitamos recuperar lo que él llama “tecnologías convivenciales”: el diálogo cara a cara, las artes expresadas a través del cuerpo, las charlas presenciales, los paseos. Su mensaje terminaba con una invitación generosa: “que cada uno aporte desde lo que le hace más feliz y confluiremos en algún punto”.
Estas reflexiones quedaron resonando en mí. Por un lado, su alivio ante la resistencia al tecnofeudalismo me confirmó la importancia de esta lucha. Por otro, su escepticismo sobre la posibilidad de alternativas me desafió a repensar algunos supuestos fundamentales.
El umbral tecnológico y la cuestión del control
La reflexión de Jorge toca una cuestión que atraviesa el pensamiento crítico sobre la tecnología desde hace décadas. Illich planteaba que existe un punto de inflexión en el desarrollo tecnológico más allá del cual las herramientas dejan de servir a las personas para convertirse en instrumentos de dominación.
Este umbral no es simplemente técnico sino profundamente político y social. Tiene que ver con el momento en que una tecnología deja de empoderar a la gente común y pasa a concentrar el poder en manos de expertos o instituciones. La herramienta convivencial, según Illich, es aquella que puede ser utilizada por cualquiera, con la frecuencia que desee, para los fines que determine. Es la antítesis de la herramienta industrial que programa al usuario y lo convierte en consumidor obligado.
Illich ilustraba esta idea con ejemplos concretos. El automóvil, más allá de cierta densidad de uso, deja de ahorrar tiempo y se transforma en el tirano de la movilidad. Las ciudades se reconfiguran para servir al coche en lugar de a las personas. Caminar se vuelve impracticable. Nuestra capacidad de decidir cómo movernos queda capturada por la infraestructura.
“Cuando una iniciativa sobrepasa cierto umbral, primero destruirá el fin para el cual fue concebida y luego se convertirá en una amenaza para la sociedad en sí misma”, escribía Illich. El automóvil que prometía acortar distancias termina multiplicándolas. La herramienta se vuelve dueña de la situación.
Del mismo modo, un sistema sanitario hipertecnologizado puede despojarnos de la capacidad de cuidar y sanar de forma comunitaria. Un sistema educativo altamente institucionalizado puede robarnos el derecho a aprender autónomamente.
Frente a estos excesos, Illich propone rescatar la convivencialidad: “Llamo sociedad convivencial a aquella en que la herramienta moderna está al servicio de la persona integrada en la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas”. En ese modelo, cualquiera puede entender, modificar y usar las tecnologías esenciales para su vida sin quedar subordinado a expertos o estructuras gigantescas.
Esta perspectiva resuena con Ernst Friedrich Schumacher y su “tecnología apropiada”, así como con Manfred Max-Neef y el desarrollo a escala humana. Los tres comparten una preocupación fundamental: el tamaño de las instituciones y tecnologías determina las posibilidades de autonomía y participación democrática.
“Small is beautiful” no era solo un eslogan para Schumacher. Era una reflexión profunda sobre cómo la escala gigantesca de la producción industrial moderna hace imposible el control democrático real. Abogaba por diseños tecnológicos y económicos pensados “como si la gente importara”, con la premisa de que las personas puedan comprenderlos y controlarlos directamente.
Max-Neef, por su parte, nos habla de satisfacer necesidades humanas fundamentales a nivel local y comunitario, en lugar de perseguir indicadores macroeconómicos abstractos. Cuando una tecnología u organización sobrepasa cierto tamaño, tiende a generar efectos contrarios a los deseados: en lugar de servirnos, terminamos sirviéndola.
La tensión entre lo local y lo global
Desde mi experiencia en movimientos sociales, en iniciativas de economía social y solidaria, y en el trabajo comunitario, reconozco profundamente el valor de lo local. Las cooperativas de consumo, los huertos urbanos, las monedas sociales, los grupos de crianza compartida: todas estas iniciativas construyen tejido social y alternativas concretas al modelo dominante.

Arriba, la promesa abstracta de propiedad. Abajo, la práctica concreta del cuidado. Illich sabía dónde se jugaba la política, pero Realia no le devolvía las llamadas.
Son espacios donde la convivencialidad de Illich encuentra expresión práctica. El poder de decisión es cercano, las personas se conocen cara a cara, las tecnologías empleadas suelen ser sencillas y comprensibles. El énfasis está en la colaboración más que en la competencia. Estas experiencias demuestran que otras formas de vivir y producir son posibles a pequeña escala. En ellas sentimos esa alegría de recuperar control sobre partes de nuestra vida que el sistema global nos arrebata.
Sin embargo, también he visto los límites de esta aproximación cuando no se articula con estrategias más amplias.
El cambio climático no entiende de fronteras comunitarias. Las cadenas globales de suministro conectan nuestro consumo local con explotaciones en otros continentes. Los flujos financieros internacionales pueden desestabilizar economías enteras. Las plataformas digitales transnacionales influyen en nuestras vidas locales sin que tengamos control sobre ellas desde nuestro barrio.

Lo local se acaba. Y aún así, tenemos que cruzar.
Como señala David Harvey, el capitalismo opera a través del “desarrollo geográfico desigual”, aprovechando las diferencias entre lugares y escalas para mantener su dominación. Puede trasladar una fábrica donde los salarios sean más bajos, enfrentar ciudades y países en competencia. Las resistencias exclusivamente locales corren el riesgo de ser aisladas o cooptadas.
Un pueblo puede vivir de forma sustentable, pero si a escala global se siguen concentrando el poder y degradando el ambiente, ese oasis local terminará amenazado.
La tensión es real: ¿cómo mantener la riqueza y participación directa de lo local sin perder de vista que necesitamos incidir en estructuras mayores?
“Piensa globalmente, actúa localmente” ha sido un lema útil. Pero quizás hoy también debamos actuar globalmente: coordinar acciones locales en redes amplias y disputar terreno en arenas nacionales e internacionales donde se toman decisiones que nos afectan.
No es local o global, sino ambos a la vez, en constante retroalimentación. Las iniciativas de base pueden conectarse con movimientos mayores, inspirarse mutuamente y construir un poder capaz de hacer frente a las estructuras globales que perpetúan las injusticias.
Más allá del determinismo tecnológico
La afirmación de Jorge sobre la imposibilidad de alternativas tras ciertos umbrales tecnológicos merece una reflexión cuidadosa. Existe aquí el riesgo de caer en lo que Langdon Winner llamó “determinismo tecnológico autónomo”: la idea de que la tecnología sigue su propia lógica inexorable, independiente de las decisiones humanas y las luchas políticas.
Es cierto que las infraestructuras tecnológicas configuran profundamente nuestras posibilidades de acción. Winner hablaba de la “política de los artefactos” para señalar cómo cosas aparentemente técnicas encarnan relaciones de poder. Una ciudad diseñada para el coche dificulta el transporte público. Una plataforma digital con algoritmos opacos condiciona cómo nos comunicamos sin que podamos alterarlo individualmente.
No podemos ser ingenuos: la arquitectura tecnológica importa mucho porque canaliza comportamientos y concentra o distribuye poder.
Pero esas infraestructuras son resultado de decisiones humanas específicas — políticas, económicas, culturales — y por tanto, susceptibles de ser contestadas y transformadas. La historia nos muestra tecnologías redirigidas por presión social: desde límites a prácticas industriales por razones ambientales hasta la reconversión de tecnologías militares para uso civil, o la apertura de protocolos antes privativos.
Negar la posibilidad de alternativas equivale a otorgar a la tecnología una cualidad casi mística, como si fuera un ente autónomo con voluntad propia. Olvidamos las relaciones de poder muy humanas detrás de cada artefacto. Un sistema técnico complejo puede condicionar la sociedad, pero la sociedad — mediante acción colectiva y deliberación democrática — también puede reencauzar o frenar un desarrollo técnico si contraviene el bien común.
El pensamiento feminista ha sido particularmente iluminador en este sentido. Donna Haraway, con su concepto del cyborg, nos invita a rechazar tanto la tecnofobia como la aceptación acrítica de la tecnología. Su propuesta es habitar las contradicciones: reconocer que ya somos híbridos de organismo y máquina, y desde esa posición construir alianzas inesperadas y formas de resistencia creativas.
No podemos volver a un estado “puro” sin tecnología — sería una ilusión reaccionaria —, pero tampoco debemos entregarnos pasivamente. Siendo cyborgs, podemos subvertir los usos de la tecnología, reprogramar sus fines y encontrar espacios de libertad incluso dentro de sistemas aparentemente totalizantes.
bell hooks nos recuerda que cualquier proyecto de transformación debe atender simultáneamente a múltiples formas de opresión entrecruzadas. La tecnología puede ser herramienta de dominación o de liberación, dependiendo de quién la controle y con qué fines. Una red social puede vigilarnos si está en manos corporativas, pero una plataforma similar podría empoderar comunidades si es gestionada democráticamente.
La lucha por tecnologías emancipadoras debe ir de la mano de las luchas contra el racismo, el patriarcado, la desigualdad económica. Solo así evitaremos soluciones técnicas que reproduzcan las mismas jerarquías de siempre.
El colapsismo como respuesta al pesimismo tecnológico
La posición de Jorge, que tras ciertos umbrales tecnológicos no hay alternativas posibles, encuentra eco en corrientes de pensamiento que han ganado fuerza en los espacios activistas locales con los que convivo: el decrecentismo y el colapsismo.
No es casualidad que estas perspectivas resuenen tanto con quienes, como Jorge, ven en la convivencialidad de Illich la única salida. Al fin y al cabo, si aceptamos que hemos cruzado umbrales tecnológicos irreversibles, ¿qué nos queda sino prepararnos para el inevitable descenso? El colapsismo aparece entonces como la conclusión lógica del diagnóstico de Illich llevado a su extremo: si la herramienta industrial ya nos domina completamente, el colapso de ese sistema no es una catástrofe a evitar sino quizás la única forma de liberación.
Esta convergencia entre el pensamiento convivencial y el colapsista tiene sentido. Ambos comparten el diagnóstico sobre los límites del crecimiento, la crítica a la escala industrial, y la defensa de formas de vida más simples y locales. Autores como Serge Latouche o Carlos Taibo argumentan que necesitamos decrecer voluntariamente antes de que el colapso nos fuerce a ello. Pablo Servigne y la corriente colapsológica van más allá: el colapso ya es inevitable, lo que importa es cómo navegarlo.
En los círculos donde se practica la permacultura, se construyen ecoaldeas o se experimenta con monedas locales, estas ideas tienen tracción precisamente porque ofrecen una narrativa coherente: si el sistema global está condenado y la tecnología industrial nos ha llevado a un callejón sin salida, tiene sentido replegarse a lo local, a lo manejable, a lo convivencial. “Colapsar mejor” se vuelve el horizonte.
Sin embargo, como señala Emilio Santiago Muíño en su crítica al colapsismo, esta convergencia entre convivencialidad y colapso puede llevarnos a una trampa. Si aceptamos que no hay alternativas a nivel macro, que los umbrales están definitivamente cruzados, entonces solo nos queda el refugio en lo micro. Pero esto es precisamente abandonar el campo de batalla donde se decide el futuro.
Santiago Muíño argumenta que el discurso colapsista “crea hipermovilización en una minoría activista y desmoviliza a las masas”. Y aquí está el problema: mientras pequeños grupos construyen sus alternativas locales convivenciales esperando el colapso, los poderes que controlan la tecnología y el capital siguen operando y decidiendo el rumbo global. Es una profecía autocumplida: al declarar imposibles las alternativas a gran escala, dejamos de construirlas.
Esta crítica no niega la importancia de lo convivencial ni minimiza los riesgos que enfrentamos. Pero sí cuestiona la rendición prematura ante la supuesta inevitabilidad. El decrecentismo puede ser una estrategia política para evitar el colapso, no solo una preparación para él. Las tecnologías convivenciales pueden ser parte de una transformación más amplia, no solo botes salvavidas.
La cuestión entonces no es si Jorge tiene razón sobre los umbrales tecnológicos ya cruzados, sino si aceptar esa premisa debe llevarnos necesariamente al repliegue local. Mi argumento es que incluso si algunos umbrales se han cruzado, la respuesta no puede ser solo la convivencialidad defensiva, sino también la construcción de poder colectivo capaz de revertir o redirigir esos procesos a múltiples escalas.
Hacia una articulación multinivel
Lo que propongo no es elegir entre la convivencialidad local y la articulación global, sino trabajar en múltiples escalas simultáneamente.
Necesitamos urgentemente las tecnologías convivenciales que Jorge defiende: los encuentros cara a cara, las asambleas, los espacios de creación colectiva. Son fundamentales para reconstruir el tejido social atomizado por décadas de neoliberalismo. En los grupos locales donde la gente se conoce, es más fácil cultivar confianza, empatía y solidaridad. Generan autonomía real: la experiencia tangible de decidir juntos sobre aspectos de nuestra vida es insustituible para recuperar la autoestima colectiva.
Pero también necesitamos federaciones, redes transnacionales, protocolos distribuidos y sí, ciertas formas de tecnología digital que, apropiadas críticamente, pueden coordinar resistencias y construir alternativas a escala.
Para enfrentar el “monopolio tecnofeudal” hace falta poder contrarrestar la escala global de las big tech, los mercados financieros o las políticas extractivistas. No basta con enclaves locales justos; necesitamos que se conecten, aprendan mutuamente y sean capaces de incidir en niveles superiores de decisión.
El software libre y las tecnologías peer-to-peer ofrecen ejemplos concretos. Comunidades de desarrolladores han creado sistemas operativos y herramientas (desde GNU/Linux hasta Wikipedia) de forma colaborativa y abierta, demostrando que la producción a gran escala puede darse sin corporaciones centralizadas.
Las cooperativas de plataforma muestran que es posible organizar el trabajo digital democráticamente. En lugar de Uber o Glovo, surgen plataformas donde personas trabajadoras y usuarias son copropietarias y cogestionan el servicio. Ya existen cooperativas de reparto en bicicleta que usan tecnología pero bajo modelo cooperativo, o redes de alojamiento ético como FairBnB que ponen a la comunidad primero.
Los protocolos federados como ActivityPub demuestran que las redes sociales no tienen que estar centralizadas. El fediverso — Mastodon, Pixelfed, Lemmy — funciona mediante servidores autónomos interconectados. Permite comunidades descentralizadas, cada una con sus normas democráticas, pero capaces de comunicarse globalmente. Es “pequeño a gran escala”: muchas redes pequeñas formando una red amplia.
Las redes comunitarias de internet, gestionadas localmente pero enlazadas globalmente, son otra muestra de cómo conjugar escalas. La tecnología digital puede diseñarse y usarse de forma federada y cooperativa. La clave es quién la diseña, quién la gobierna y con qué valores.
No podemos olvidar la dimensión institucional. Trabajar a múltiples niveles implica involucrarse en la disputa política cuando sea pertinente. Leyes, políticas públicas y regulaciones pueden potenciar o asfixiar las alternativas.
Si queremos que el software libre o las cooperativas de plataforma prosperen, necesitamos marcos legales que favorezcan su contratación pública o limiten prácticas monopolísticas. Si deseamos que las comunidades gestionen recursos sosteniblemente, necesitamos políticas que descentralicen competencias y provean financiación.
La resistencia debe darse en la plaza del barrio y en los parlamentos, en los servidores autogestionados y en las negociaciones internacionales, en la cooperativa local y en las redes globales de comercio justo.
Una confluencia posible
Jorge termina su mensaje con una idea hermosa: “que cada uno aporte desde lo que le hace más feliz y confluiremos en algún punto”.
Esta invitación a la complementariedad me parece fundamental. No se trata de que todos hagamos lo mismo ni de guerras estériles sobre qué estrategia es “correcta”. Necesitamos múltiples estrategias operando simultáneamente, según las capacidades y contextos de cada quien, manteniendo una visión de confluencia.
Algunas personas enfocarán sus energías en reconstruir lo convivencial: tejiendo redes de cuidado, reviviendo saberes tradicionales, practicando democracia directa. Otros aportarán en alternativas tecnológicas: programando software ético, levantando servidores comunitarios. Otros se involucrarán en la disputa institucional. Y habrá quienes creen nuevos imaginarios desde la educación, la filosofía o el arte.
Todas estas tareas son necesarias. Ninguna por sí sola bastará, pero juntas pueden complementarse.
La clave está en mantener estos frentes en comunicación y aprendizaje mutuo. Los espacios convivenciales pueden nutrir de sentido a los proyectos tecnológicos e institucionales. Una cooperativa local puede inspirar políticas públicas y beneficiarse de avances tecnológicos libres desarrollados a miles de kilómetros.
Las iniciativas tecnológicas pueden amplificar y conectar experiencias locales. Una red de comunidades de permacultura puede comunicarse mediante plataformas autogestionadas. Un grupo de cooperativas puede coordinar mediante software libre hecho a su medida.
La disputa institucional puede crear marcos que protejan tanto la convivencialidad como las alternativas tecnológicas: ayuntamientos que ceden espacios para huertos urbanos y migran a software libre; licitaciones públicas estatales que reconocen cooperativas de plataforma y penalizan la obsolescencia programada.
En esta confluencia es importante la retroalimentación crítica. Los movimientos locales pueden recordar a los proyectos globales para quién y para qué se lucha, evitando que se burocraticen. Quienes trabajan en escalas mayores pueden advertir a los locales cuando cierta iniciativa corre peligro de ser absorbida por el mercado.
Si cada uno aporta desde lo que sabe y ama hacer, con la mira en un horizonte común de transformación, podremos confluir. Ese punto no será un lugar único ni un momento de triunfo total, sino la convergencia constante de esfuerzos diversos hacia una sociedad más justa, libre y sustentable.
Conclusión: habitar la tensión productivamente
No tengo una respuesta definitiva sobre si es posible domesticar la tecnología tras ciertos umbrales. Algunas cosas quizás estén fuera de nuestro control fácil y requieran reinventar radicalmente los caminos.
Pero la respuesta no puede venir de reflexión teórica o rendición anticipada. Tiene que surgir de la experimentación práctica, del ensayo y error colectivo, de la construcción paciente de alternativas en todos los niveles. Tanto las tecnologías convivenciales que defiende Jorge como los intentos de construir tecnologías democráticas a mayor escala son necesarios y pueden reforzarse mutuamente.
No es empresa sencilla: nadamos contra corrientes fuertes, desafiamos intereses poderosos, navegamos incertidumbres. Por eso necesitamos toda la creatividad y diversidad de enfoques trabajando en paralelo.
El desafío está en mantener vigilancia crítica constante y equilibrio dinámico. No romantizar lo local (que puede volverse excluyente o incapaz de escalar soluciones necesarias) ni la tecnología (que sin democratización genuina puede recrear las mismas jerarquías).
Illich nos recuerda que la convivencialidad no es un estado final sino un equilibrio frágil que debe ser constantemente reconstruido frente a las presiones de la lógica industrial. Cualquier avance en democratización tecnológica requerirá estar alerta para que las nuevas herramientas no sean cooptadas.
En este trabajo continuo de corregir el rumbo, la conversación entre diferentes perspectivas — como la que Jorge y yo mantenemos — es fundamental. Del contraste y diálogo surgen ideas más ricas y caminos que uno solo no habría vislumbrado.
Quizás la pregunta no sea si las alternativas son posibles, sino cómo construimos las condiciones para que lo sean. Necesitaremos tanto los paseos y charlas presenciales como las redes distribuidas y protocolos abiertos. Tanto la sabiduría de lo pequeño como la capacidad de coordinación a gran escala. Aprender a movernos entre escalas, habitar las contradicciones productivamente, mantener viva la imaginación política incluso en tiempos de aparente clausura tecnológica.
Puede que ciertas puertas parezcan cerradas, pero siempre habrá rendijas — o podremos abrir otras nuevas — por donde se cuele la posibilidad de un mundo distinto. La tarea es ardua pero vale la pena: se trata de que la tecnología y la sociedad estén al servicio de la vida y no al revés.
Para lograrlo, hará falta que confluya todo el mosaico de esfuerzos, desde el más íntimo al más global. En ese camino encuentro esperanza y propósito, y agradezco a voces como la de Jorge por empujarme a pensar más allá de mis certezas y abrazar la complejidad con optimismo crítico.
Impulso proyectos que cruzan plataformas digitales, redes de economía solidaria y estrategias de transición justa. No creo en soluciones neutrales.
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