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No basta con saber usarla: necesitamos apropiarnos de la IA

Este artículo nace del proceso compartido con una veintena de personas del Tercer Sector y la Economía Social y Solidaria durante el curso El poder de la IA para transformar la organización…
23 de junio de 2026 por
Tags: Tecnología

Este artículo nace del proceso compartido con una veintena de personas del Tercer Sector y la Economía Social y Solidaria durante el curso El poder de la IA para transformar la organización, impartido para el Consorcio Andaluz de Impulso Social (CAIS). El curso no solo fue un espacio formativo, sino también una transferencia directa de la experiencia acumulada en el área de Economía Social y Solidaria e Innovación Social de Asamblea de Cooperación por la Paz (ACPP), donde vengo desarrollando procesos de integración tecnológica con perspectiva política y ética.

A lo largo de casi veinte horas, fuimos desmenuzando no solo qué es la inteligencia artificial, sino qué implica integrarla en nuestras organizaciones sin perder el norte ético, colectivo y transformador que nos caracteriza.

Lo que aquí recojo no es una síntesis académica ni una conclusión cerrada. Es más bien una resonancia de las conversaciones, dudas, pruebas, aciertos y contradicciones que surgieron al explorar juntas cómo hacer de la IA una aliada — y no una imposición — en nuestros contextos. Muchas de las ideas clave han sido enriquecidas gracias a las aportaciones de quienes participaron, preguntaron y compartieron.

La IA no es neutra: es una cuestión de cultura organizativa

Pensar en la inteligencia artificial solo como una herramienta técnica es un error de base. Su incorporación reconfigura procesos, altera prioridades y tensiona las formas de relación dentro de una organización. No se trata de usarla mejor, sino de decidir colectivamente cómo y para qué integrarla.

La IA no transforma nada por sí sola. Lo hace cuando opera sobre estructuras organizativas abiertas al cambio, capaces de sostener preguntas difíciles: ¿qué desplazamientos genera?, ¿qué roles desactiva o crea?, ¿quién gana autonomía y quién la pierde?

Pero hay algo más: la IA no solo transforma estructuras, también transforma sujetos. Impone una lógica de funcionamiento donde el saber debe ser plausible, compatible, continuo. La fricción, el desacuerdo o lo incierto — ingredientes centrales de una cultura organizativa viva — corren el riesgo de quedar fuera si no los defendemos deliberadamente.

Eficiencia máxima: el sistema siguió funcionando perfectamente sin nadie sentado.

Si el sector social no toma una posición activa, las decisiones sobre su implementación quedarán en manos de lógicas externas: eficientistas, predictivas y despolitizadas.

De la herramienta al hábito: hacia una fluidez organizativa crítica

La adopción real de IA comienza cuando se vuelve parte del trabajo cotidiano. No como un añadido, sino como un modo de operar que optimiza sin deshumanizar. Pero el peligro de esta “fluidez” es que también puede volverse automatismo, si no se ancla en preguntas de sentido.

Esto no se logra con capacitaciones puntuales ni con mandatos verticales. Se logra cuando las personas tienen margen para explorar, equivocarse y compartir aprendizajes. Cuando el uso de IA responde a un problema concreto y no a una moda pasajera.

La clave está en generar prácticas que conecten la tecnología con los procesos reales, desde la experiencia situada y no desde modelos importados. Eso exige una forma de escucha tecnológica que no reduzca lo organizativo a lo operativo, ni la experiencia a los datos.

Necesitamos redes internas de práctica que sostengan el aprendizaje colectivo. Porque sin esa base, se corre el riesgo de reforzar dependencias externas, tecnificar el lenguaje y desplazar la toma de decisiones hacia lugares poco transparentes.

Una función nueva: orquestar lo humano y lo automatizado

Integrar IA de forma sensata requiere habilitar un espacio organizativo capaz de pensar sus efectos más allá de lo funcional. Ese espacio no tiene por qué depender de una sola persona, pero sí necesita de alguien — o de un pequeño grupo — que conecte lo técnico con lo político, lo operativo con lo estratégico.

Ese rol lo hemos llamado en el curso comité IA. No es un comité para tomar decisiones técnicas, sino para sostener la conversación sobre cómo se configura el trabajo cuando humanos, herramientas y agentes digitales operan como un equipo. Qué tareas se automatizan, cuáles se revalorizan, qué saberes emergen y qué vínculos hay que cuidar.

Este rol exige algo más que habilidades técnicas: exige sensibilidad organizativa, criterio político y capacidad de sostener espacios de ambigüedad. En un contexto donde todo tiende a ser afinado, predecible y verosímil, lo más radical puede ser habilitar lo incierto.

Aprender, desaprender, reaprender: un ciclo que no se salta

La incorporación de IA no sigue una curva lineal de eficiencia creciente. Lo que se gana en automatización puede perderse en comprensión si no se acompaña el proceso con pedagogía, escucha y sentido del límite.

El ciclo real incluye fricción, revisión y reajuste constante. El uso inicial suele ser superficial, después aparece la incomodidad, y solo más adelante se consolidan usos con sentido. Esto implica tolerancia al error y capacidad de sostener el aprendizaje a medio plazo.

Patina sin saber que está desobedeciendo el diseño.

La pregunta de fondo es si nuestras organizaciones están preparadas para ese tipo de inversión no productiva a corto plazo, pero imprescindible si queremos integrar la tecnología de forma significativa. La respuesta no está en la IA, sino en nuestra voluntad de sostener procesos de construcción colectiva del saber.

Apropiarse de la IA o incorporarla sin discutir sus efectos

Las tecnologías que no se piensan entran por la vía de la eficiencia. Y cuando lo hacen sin mediación, desplazan lógicas de trabajo, formas de vínculo y marcos de decisión sin que se note.

La IA no es una excepción. Ninguna herramienta es neutra. Cada una conlleva una arquitectura ética implícita. Lo que está en juego no es solo cómo se usa, sino qué tipo de organización — y de subjetividad — emerge de su uso.

El debate no es técnico. Es político. Y está vigente ahora, no después. Nos jugamos no solo cómo trabajar, sino cómo deliberar, cómo disentir, cómo sostener lo común en medio de una automatización creciente.

Algunas propuestas prácticas

No existe un modelo único. Pero sí es posible trazar condiciones mínimas para iniciar un proceso de integración con sentido:

  • Comenzar por un proceso real, ya existente, que demande mucho esfuerzo o tiempo. No crear una simulación.
  • Habilitar un espacio interno donde compartir usos, errores y aprendizajes.
  • Activar un comité IA con legitimidad técnica y organizativa, que piense desde dentro cómo se organiza lo humano con lo automatizado.
  • Formar con criterio. No solo para aprender a usar herramientas, sino para decidir por qué, cuándo y con qué propósito usarlas.
  • Evaluar efectos no solo técnicos, sino organizativos y relacionales. Qué mejora, qué se debilita, qué se desplaza.

La urgencia no es técnica. Es de sentido

No hay que ir más rápido. Hay que ir con dirección. En el sector social ya tenemos lo más difícil: capacidad de trabajo colectivo, marcos éticos sólidos, experiencia en lo común.

La IA no debería alejarnos de eso. Debería ayudarnos a profundizarlo. Pero eso no va a pasar solo. Tenemos que decidir cómo hacerlo posible. Y esa decisión, antes que funcional, es profundamente política.

Impulso proyectos que cruzan plataformas digitales, redes de economía solidaria y estrategias de transición justa. No creo en soluciones neutrales.

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