Un verano con Varoufakis
Paso unos días con amigos en un valle del Pirineo francés. Hay un puñado de niños y adolescentes que saltan al riachuelo cuando el sol lo permite, y las caminatas se interrumpen a menudo por lluvias imprevisibles que de pronto dejan paso a una luz brillante, como si el paisaje quisiera recordarnos que lo estable siempre dura poco. Entre chapuzones, conversaciones dispersas y refugios improvisados, encuentro ratos para leer Technofeudalism de Yanis Varoufakis. La imagen es curiosa: en medio de un verano compartido, con botas embarradas en la entrada de la furgoneta y ropa húmeda tendida en el portabicis, avanzo páginas sobre siervos digitales y capital en la nube.
La contradicción es solo aparente. Incluso aquí, en este rincón verde y húmedo, la sombra de la nube tecnológica se extiende: el GPS registra nuestras rutas por la montaña, las apps de mensajería deciden qué memes circulan entre los adolescentes, y hasta el parte meteorológico que consulta alguien en su móvil determina si subimos al lago o nos quedamos bajo techo. Leer a Varoufakis en este valle no es desconectar: es constatar hasta qué punto los feudos digitales se han vuelto inseparables de la vida cotidiana.
nos creemos libres mientras regalamos nuestro tiempo, datos y atención para engordar arcas ajenas, sin necesidad de látigo ni coerción
Varoufakis lanza una idea provocadora desde las primeras páginas: el capitalismo ha muerto, y ha sido reemplazado por algo quizá peor. Habla de “tecnofeudalismo”, un nuevo orden en el que los antiguos mercados han sido sustituidos por feudos digitales. En sus palabras, “el capital-nube ha matado a los mercados y los ha sustituido por una especie de feudo digital” gobernado por los dueños del capital de la nube –las grandes corporaciones tecnológicas globales. Estas plataformas actúan como señores feudales posmodernos: controlan los datos, establecen las reglas y extraen rentas en lugar de beneficios convencionales. Mientras tanto, nosotros, usuarios y usuarias, nos convertimos en siervos de la nube que con nuestro trabajo gratuito –navegar, generar datos, subir contenido– producimos valor para esos señores sin ver apenas recompensa directa. Esta realidad encarna lo que Byung-Chul Han llama la paradoja de la autoexplotación: nos creemos libres mientras regalamos nuestro tiempo, datos y atención para engordar arcas ajenas, sin necesidad de látigo ni coerción –el señuelo de la comodidad basta para ponernos a trabajar al servicio de los señores digitales.

Así luce la modernidad cuando intentas maquillar la ruina con círculos de colores. Spoiler: sigue siendo ruina.
La tesis de Varoufakis resuena con fuerza. Describe un mundo en el que la lógica de Silicon Valley ha engullido la del mercado tradicional. Amazon, Google, Facebook o Apple no solo compiten: imponen sus ecosistemas cerrados, nos “encierran” en sus plataformas, eliminando la incertidumbre del mercado a golpe de algoritmo.
La soberanía subjetiva se va diluyendo, reemplazada por la obediencia suave a lo que la pantalla nos sugiere.
Como vaticinó Gilles Deleuze, hemos pasado de sociedades disciplinarias a sociedades de control: ya no hacen falta muros ni cadenas visibles, porque la modulación invisible de nuestras conductas vía el Big Data cumple ese rol. En esta feudalidad digital, el control es difuso pero penetrante –desde la oferta personalizada que dirige nuestras compras hasta la censura algorítmica que decide qué noticias vemos–. La soberanía subjetiva se va diluyendo, reemplazada por la obediencia suave a lo que la pantalla nos sugiere. Como he escrito en otros textos, lo que se automatiza no es solo el conocimiento, sino la obediencia. Y ahí mi lectura coincide y se desplaza a la vez respecto de Varoufakis.
Mientras leo, no puedo evitar recordar otras reflexiones en artículos previos. En El error no es un fallo: es el diseño, por ejemplo, analicé cómo ciertos sistemas de IA no admiten ser corregidos ni cuestionados: lo que parece un fallo es en realidad parte del modelo.
Esa idea de la autoridad automática –una que excluye por diseño y no ofrece espacio a la réplica– conecta con el tecnofeudalismo de Varoufakis: los algoritmos de las plataformas toman decisiones inapelables sobre qué podemos ver, decir o hacer, sin que exista un “ayuntamiento” democrático al que recurrir, igual que describí aquella vez que una IA me dijo que no estuve donde estuve y prefería inventar una historia coherente antes que reconocer una fisura en su certeza.

Chapa amarilla: la nueva “experiencia de usuario”.
Del mismo modo, en Pensar fuera del modelo i ntroduje el concepto de sujeto plausible: ese individuo que no es necesariamente engañado por la IA, sino que aprende a volverse predecible para encajar mejor en lo que el modelo espera. Varoufakis, al contar cómo Alexa y sus algoritmos nos entrenan, apunta a esta misma amenaza: perdemos la capacidad de pensar fuera de los márgenes impuestos, nos convertimos en sujetos dóciles que ya ni se plantean preguntas prohibidas. Es la realización del miedo que expresé allí: ¿qué preguntas estamos dejando de hacernos porque el sistema ni siquiera nos las deja pensar?.
También rememoro La IA como campo de batalla, donde señalé que la inteligencia artificial es un terreno en disputa entre visiones de mundo contrapuestas. La lectura de Varoufakis refuerza esa intuición: las big tech libran su propia guerra fría por la dominación digital, construyendo fortalezas de datos y desplegando armas de manipulación masiva (algoritmos opacos, publicidad personalizada, filtros burbuja). El resultado es una erosión de la autonomía cognitiva colectiva: cuando el sentido común se privatiza y se datafica, resulta más difícil para la sociedad civil pensar alternativas. Sin embargo, identificándolo como algo nuevo y ominoso, Varoufakis nos incita a reaccionar. Si el diagnóstico da en el clavo –y en gran medida, coincido con él en que lo da–, la pregunta inevitable es: ¿qué hacemos al respecto?
Verdad fuerte vs. humildad epistémica
La primera divergencia que me surge al avanzar en el libro es de tono y enfoque epistémico. Varoufakis expone una verdad fuerte: asegura con firmeza que el capitalismo ha mutado definitivamente en tecnofeudalismo, sin matices ni titubeos. Su convicción se nutre de la tradición marxista de las “leyes de la historia” y de su experiencia personal enfrentando a la troika europea: habla con la seguridad de quien ha visto el monstruo por dentro. Esa certeza tiene un poder movilizador, pero también conlleva riesgos. Una teoría tan contundente puede volverse rígida, impermeable a perspectivas alternativas. ¿Y si al enfatizar el aspecto feudal estamos simplificando en exceso la realidad? ¿Y si nos dejamos algún ángulo fuera por abrazar una explicación única?
Desde mi posición situada en la economía social y solidaria, prefiero practicar una cierta humildad epistémica. Esto implica reconocer los límites de nuestro conocimiento y la validez de múltiples saberes para entender el fenómeno. Sí, la imagen de los “señores de la nube” y los “siervos digitales” captura algo real y urgente. Pero nuestras sociedades son complejas y no encajan del todo en una sola metáfora histórica. Prefiero la duda productiva a las verdades monolíticas. Como sugiere Donna Haraway con sus “conocimientos situados”, ninguna narrativa abarca la totalidad desde un punto de vista omnisciente; necesitamos muchas miradas parciales dialogando. Por ejemplo, el tecnofeudalismo de Varoufakis enfatiza la dominación económica, pero una mirada feminista añadiría: ¿qué pasa con la dominación patriarcal que también se cuela en los algoritmos? ¿Y una mirada decolonial? Tal vez este feudalismo de Amazon y Google sea la enésima encarnación de un colonialismo que impone lenguas y lógicas del Norte global (algo que he explorado en otros textos). Ninguna de estas aristas invalida la tesis central, pero la matizan.

El sueño tecnofeudal en JPG: lo feudal escondido tras lo pop.
Practicar humildad epistémica no significa restarle gravedad al diagnóstico, sino abrirlo a la pluralidad de voces. Significa, por ejemplo, escuchar a comunidades indígenas hablando de soberanía tecnológica en sus propios términos, o a trabajadoras del click-farming en el Sur global narrar su experiencia de explotación digital. Significa asumir que nuestra comprensión siempre puede ser revisada por la realidad y por quienes viven otras realidades. Varoufakis sin duda reconoce la importancia de la pluralidad (él mismo coquetea con el municipalismo rebelde en algunos de sus escritos), pero en Technofeudalism prevalece el trazo grueso. Mi propuesta es complementar ese trazo con un mosaico de pequeñas verdades situadas. Solo así evitaremos convertir una crítica al dogmatismo neoliberal en un nuevo dogma de izquierdas. Como advertí en Cuando una inteligencia artificial te dice que no estuviste donde estuviste, cuando creemos tener siempre la razón (aunque sea contra el sistema), corremos el peligro de repetir la cerrazón que criticamos. Mejor mantener abierta la puerta a la sorpresa, la contradicción y el aprendizaje continuo.
Revolución vs. estructuras impugnables
Otro punto de distancia tiene que ver con el horizonte de cambio. Implícitamente, el libro de Varoufakis deja entrever una nostalgia por la revolución clásica: esa idea de que solo un vuelco histórico, una insurrección de los oprimidos contra los opresores, podría liberar a los “siervos” del nuevo feudo digital. Es comprensible: la metáfora feudal evoca la imagen de una rebelión masiva (¿un nuevo 1789 contra los Silicon Lords?). Varoufakis, como buen marxista heterodoxo, no es ingenuo; sabe que las revoluciones no se decretan. Pero su planteamiento podría leerse como una invitación a soñar con derribar a los Bezos, Zuckerberg y compañía de sus torres de servidores.
Compartiendo la indignación, sin embargo, me inclino por una estrategia diferente: en lugar de aguardar una revolución redentora que quizá nunca llegue, enfocarnos en construir y exigir estructuras impugnables aquí y ahora. ¿Qué significa esto? Significa diseñar nuestras tecnologías, instituciones y economías de modo que siempre puedan ser cuestionadas, fiscalizadas y reorientadas por la ciudadanía. Como he afirmado en alguna otra ocasión, necesitamos “ infraestructuras que sean impugnables, no solo inteligentes ”. La revolución suele pensarse como un momento breve y total, un “todo o nada” que lo cambia todo de golpe. Las estructuras impugnables, en cambio, son un proceso largo de ir abriendo grietas en el poder establecido, de democratizar ámbitos opacos, de introducir mecanismos de control popular donde hoy solo hay arbitrariedad corporativa.
Pienso en las regulaciones y luchas que han logrado pequeñas victorias: la Unión Europea prohibiendo la identificación biométrica en tiempo real en espacios públicos, tribunales que frenan sistemas opacos (como el caso en Países Bajos donde se tumbó un algoritmo estatal por discriminatorio), o ayuntamientos que empiezan a exigir transparencia en los algoritmos usados en lo público. Ninguna de esas medidas “derroca” el tecnofeudalismo, pero todas lo impugnan parcialmente, mostrando que no es invencible.
la verdadera política no es la instauración de un orden perfecto tras la toma del Palacio de Invierno, sino la interrupción constante de la dominación, la aparición inesperada de sujetos colectivos que disputan lo que se daba por sentado.
Es un camino más lento y quizá menos épico que la revolución gloriosa, pero también menos susceptible de derivar en nuevos autoritarismos. Aquí me acompaña el pensamiento de Jacques Rancière: la verdadera política no es la instauración de un orden perfecto tras la toma del Palacio de Invierno, sino la interrupción constante de la dominación, la aparición inesperada de sujetos colectivos que disputan lo que se daba por sentado. En una democracia viva, siempre hay espacio para que lo no contado irrumpa y exija ser contado.
Así, frente al tecnofeudalismo, abogo por multiplicar las interrupciones en lugar de esperar “la” gran ruptura. Cada vez que una comunidad local establece su propio servidor cooperativo y se sale del silo de Facebook, hay una pequeña insurrección. Cada vez que un grupo de activistas logra auditar y exponer el sesgo de una IA gubernamental, se enciende una antorcha en la oscuridad de la caja negra. Cada cláusula nueva en una ley que limita la extracción de datos es un muro que se levanta en el castillo del señor feudal digital. Puede que ningún evento por sí solo sea “la Revolución”, pero la suma de todos sí puede erosionar los cimientos del poder tech. Y lo mejor: ese cambio fragmentario se construye con participación directa de las personas, empoderando a la sociedad civil en el proceso, en vez de delegar en un futuro líder o vanguardia salvadora.
Clase vs. pluralidad de sujetos
El tercer eje de divergencia tiene que ver con quiénes protagonizan la lucha. Varoufakis, siguiendo el legado marxista, habla en términos de clase: su relato enfrenta a los capitalistas de la nube (una élite tecno-feudal) contra una masa de usuarios-trabajadores precarizados –una suerte de nuevo proletariado digital. Esta simplificación captura una verdad material (hay una relación de explotación clara), pero deja fuera la riqueza de la pluralidad de sujetos que hoy se movilizan o podrían movilizarse contra ese orden. Porque la resistencia al poder digital no viene solo –ni principalmente– de un sujeto trabajador homogéneo, sino de una constelación muy diversa de movimientos y personas.
Pienso, por ejemplo, en las feministas tecnológicas y colectivos antirracistas que denuncian los sesgos de género y raza en los algoritmos –desde asistentes de voz hasta reconocimiento facial– y exigen tecnologías más justas (incorporar cuidados, vetar la vigilancia discriminatoria); en los pueblos indígenas que reivindican la soberanía de sus datos y construyen alternativas de conectividad comunitaria en selvas y montañas; en las cooperativistas que crean plataformas donde los propios trabajadores son dueños del app mediante la que se ganan la vida; en la juventud ecologista que conecta la descomunal huella energética de los centros de datos con la crisis climática. Todos estos sujetos existen y actúan ya, aunque no siempre bajo la bandera explícita de “derrocar el tecnofeudalismo”.
La teoría de Varoufakis tiende a invisibilizar esa pluralidad bajo el manto del “siervo universal”. Pero los siervos en realidad son muy distintos entre sí, y de su diversidad surgen también distintas estrategias de liberación. Aquí las ideas de Rancière resultan vitales: nos recuerdan que la emancipación no tiene un sujeto histórico único y predeterminado; es siempre la irrupción de quienes no contaban. La pluralidad no es debilidad, es potencia creativa. También Donna Haraway, desde otro ángulo, sugiere tejer alianzas insólitas y “hacer parentesco” más allá de identidades fijas: humanos y máquinas, activistas y científicas, cooperativas locales e iniciativas globales. Contra un enemigo tan difuso y ubicuo como el poder de la nube, hace falta una multiplicidad de frentes igualmente ubicuos y coordinados.
Por tanto, discrepo de poner todas las esperanzas en un sujeto único (el “precariado digital” o la “clase trabajadora de la nube”). Prefiero hablar de multitud o, simplemente, de movimientos sociales diversos que convergen en puntos concretos. Sí, hay una dimensión de clase en esta batalla (Big Tech concentra capital y nos precariza, sin duda), pero también hay dimensiones de género, de colonialidad, de ecología, etcétera. Reconocer eso permite ampliar la coalición de quienes están dispuestas a cambiar las cosas. Al fin y al cabo, tecnofeudalismo significa concentración extrema de poder; su contrapeso solo puede ser la distribución extrema del poder, es decir, la democratización radical. Y esa democratización implica que muchos sujetos distintos tomen la palabra y el control, no solo una nueva vanguardia iluminada.
Respuestas desde la práctica: del ESS a lo común
Si compartimos en gran medida el diagnóstico de Varoufakis pero asumimos estas divergencias de horizonte, ¿cómo avanzamos entonces? La buena noticia es que ya se están articulando respuestas desde la sociedad civil progresista, la economía social y solidaria (ESS) y otros rincones heterodoxos. Más que teorizar un futuro posfeudal abstracto, estas iniciativas buscan interrumpir aquí y ahora la lógica del poder digital y prefigurar otras lógicas posibles. A continuación, recojo algunas vías de acción emergentes que encarnan esa lucha heterodoxa:
Economía social y solidaria digital: Cooperativas tecnológicas, plataformas alternativas y proyectos de software libre están demostrando que se puede crear infraestructura digital con otros valores. Existen redes sociales descentralizadas y cooperativas (pensemos en Mastodon frente a Twitter/X), servicios de nube éticos gestionados por pequeñas cooperativas, e incluso experimentos de cooperativismo de plataforma donde los propios trabajadores son dueños de la aplicación mediante la que trabajan. La ESS aporta principios de democracia económica y equidad al terreno digital, subvirtiendo la lógica feudal de “el amo de la plataforma decide”. Cada cooperativa de datos o cada start-up comunitaria que emerge es un laboratorio de cómo podría funcionar un cloud gestionado como commons (bien común) en lugar de como feudo privado.
Litigio ciudadano y regulación garantista: Organizaciones de derechos digitales, juristas activistas y movimientos ciudadanos están dando la batalla en el terreno legal e institucional. Se promueven auditorías algorítmicas independientes; se presentan demandas contra empresas por violación de privacidad o discriminación automatizada; se presiona para aprobar leyes que pongan límites a la vigilancia masiva y a la explotación de datos. En Europa, por ejemplo, el reciente AI Act busca prohibir ciertos usos de IA de alto riesgo, y casos paradigmáticos como el juicio que frenó el sistema de perfilado SyRI en Países Bajos muestran cómo la ciudadanía organizada puede frenar abusos y obligar a cambios. Estas acciones “pinchan” los excesos del poder digital, demostrando que por mucha influencia que tengan las big tech, no están por encima de la ley ni del bien común.
Infraestructuras cooperativas de datos: Frente al monopolio corporativo de la información, surgen propuestas para que la gente recupere el control sobre sus datos. Hablamos de bancos de datos ciudadanos, donde las personas depositan voluntariamente sus datos en fideicomisos comunitarios para fines de bien público (por ejemplo, datos de salud compartidos para investigación médica no lucrativa). También de ciudades que implementan cartas de derechos digitales y despliegan servidores municipales para ofrecer servicios digitales con soberanía local (Barcelona ha sido pionera en este campo). O de colectivos que desarrollan sus propios modelos de inteligencia artificial entrenados con datos de su comunidad y con objetivos sociales. Estas infraestructuras alternativas materializan la idea de que los datos pueden ser un común, no un recurso a explotar unilateralmente. Al ser cooperativas o públicas, introducen además gobernanza democrática en lo técnico: la ciudadanía decide quién accede a qué datos, con qué fines, y bajo qué garantías.
Watchdogs y contravigilancia: Así como existen “perros guardianes” del medio ambiente o de la corrupción, también los hay del poder digital. Son grupos de tecnólogos cívicos, periodistas de investigación y hacktivistas dedicadas a monitorear a los gigantes tecnológicos (y al propio Estado cuando digitaliza sin controles). Publican investigaciones sobre prácticas abusivas, filtran documentos internos que revelan tramas ocultas, lanzan campañas de sensibilización para educar al público sobre cómo operan los algoritmos en las sombras. Algunos ejemplos: colectivos que auditan algoritmos de selección de personal para exponer discriminación, redes internacionales como AlgorithmWatch que rastrean cómo modera contenido una plataforma, o iniciativas de contravigilancia ciudadana que mapean las cámaras de reconocimiento facial instaladas en una ciudad para abrir debate público. Esta labor de vigilar al vigilante es esencial para romper el aura de invisibilidad con que operan los nuevos señores feudales. Si la información es poder, fiscalizar sus algoritmos y decisiones nos devuelve parte de ese poder arrebatado.
Todas estas respuestas comparten un hilo común: buscan devolver capacidad de agencia a las personas frente a estructuras que se la estaban arrebatando. Son, en esencia, expresiones de lo común como interrupción. Me refiero a entender “lo común” no solo como recursos compartidos, sino como la acción colectiva disruptiva que irrumpe en una dinámica de dominio para reabrirla a la deliberación pública. Es común la playa donde cualquiera puede extender su toalla sin pedir permiso (porque no hay dueño exclusivo), y es común el gesto de miles de personas usuarias migrando de WhatsApp a Signal en defensa de su privacidad, o la alianza entre técnicos y barrenderos que frena la instalación de sensores intrusivos en un barrio. Lo común interrumpe la narrativa de “no hay alternativa”, recupera –en términos de Rancière– el reparto de lo sensible para quienes habían sido excluidos.
Volviendo a la escena pirenaica con la que abría este texto: cierro el libro de Varoufakis mientras el sol se filtra de nuevo entre las nubes tras otra tormenta breve. Pienso en su diagnóstico implacable: sí, hay nubarrones feudales sobre nuestras cabezas digitales. Pero también, más allá de las páginas, veo claros repentinos en el cielo del valle: prácticas, ideas y comunidades que irrumpen como esa luz inesperada que atraviesa la lluvia. No se trata de oponer un optimismo ingenuo a la verdad incómoda que Varoufakis nos ofrece, sino de acompañarla con la determinación heterodoxa de quienes, desde sus distintas trincheras cotidianas, están decididos a no obedecer sin más.
En Hegemonía algorítmica: lo que está en juego escribí que urgía poner en el centro la humildad epistémica como principio de diseño, y lo común como horizonte político. Hoy añadiría: también como método de lucha. La nube feudal podrá ser potente, “galáctica” incluso en su ambición, pero no es invencible. Cada resistencia articulada, cada comunidad que se organiza, cada brecha que abrimos en su arquitectura de control alimenta la posibilidad de un mundo donde la tecnología deje de ser territorio de señores y vasallos para convertirse en tierra común.
Al fin y al cabo, si algo nos enseña el verano es que ninguna tormenta es eterna –tarde o temprano, hasta la nube más tenaz se disipa cuando soplan suficientes vientos en común.
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